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Contemporary healthy magazine
inherente
  1. adjetivo
    Que es esencial y permanente en un ser o en una cosa o no se puede separar de él por formar parte de su naturaleza y no depender de algo externo. ‘la causa de las guerras, la violencia y otros muchos males sociales es la agresividad inherente al ser humano’.

Al ser humano es también inherente la capacidad de crear una imagen mental cuando lee, escucha o piensa en una palabra concreta. Por ejemplo, si te digo guerra, seguramente pienses en un arma, un tanque, un soldado… verde militar, camuflaje, cascos y sangre. Pues bien, a pesar de que mi esfuerzo vaya a ser en vano, me gustaría cambiar esa imagen por la de una patata.

Con ello no quiero escribir un artículo cursi y positivista si no más bien, una especie de oda a la patata como el alimento de guerra que salvó muchas vidas y además, inspiró muchas y variadas recetas que forman ya parte de nuestro más preciado recetario mediterráneo. Las cosas malas existen pero también las buenas y en esta historia, la buena se llama patata. Oh, patata.

La intención principal de mi trabajo como diseñadora, se centra siempre en crear situaciones que inviten a la discusión. Me gusta generar sinergias, coloquios, que la gente hable en lugar de hablar solamente yo. Hoy he venido a hablar de la guerra, pero cuando hablo de guerra no me refiero simplemente a la guerra de Siria, de Vietnam, a los Nazis… me refiero a a guerra que vive con nosotros a diario. Llamémosle violenta existencia, la guerra como motor, la guerra innata en el día a día… no sé, os dejo ponerle el título a vosotros.

El alimento es algo vital para cualquier ser vivo, en eso creo que estamos todos de acuerdo. Es fácil pensar que si la agresividad, como veíamos antes, es inherente en el ser humano, usar el alimento como elemento de control, es algo casi evidente, casi natural. Un sencillo ejemplo sería pensar en vuestro perro si tenéis, en vuestro hijo o en cualquier escena de cualquier película de domingo. ¿Cuántas veces hemos intentado coaccioar a alguien a través de un premio en forma de huesito, Huevo Kinder o cualquier otra cosa similar? ‘Si te sientas, te doy un cachito’ – ‘si te portas bien, un helado’. Estamos usando el alimento como arma, como trueque, como elemento por el cual conseguir un comportamiento deseado. Obviamente estamos hablando a una escala inofensiva pero, ¿qué pasa cuando quien ofrece ese premio no es para nada ‘inofensivo’? Bienvenidos amigos, a las políticas del poder.

Pero empecemos por el principio…

La patata es conocida como la comida de la guerra. La generación nacida en plena posguerra nos cuenta historias de cómo la patata estaba presente cada día, como observadora y salvadora de aquella miseria. Me hace pensar en esa escena tan genial de una película de mi infancia, Hook, donde los niños perdidos comen comida imaginaria y disfrutan inmensamente con ella. En la escena, Peter es invitado a un banquete que preparan los niños perdidos. En cuanto se dispone a comer se da cuenta de que no hay nada en los platos pero ve como los niños simulan que comen comida invisible… al principio se muestra reticente y extrañado pero al rato empieza a imitarlos y ve como, por arte de magia, aparece comida de todo tipo por toda la mesa y lo que parecía una broma, se convierte en un festín digno de la Roma Imperial. Es un momento mágico y buena metáfora para esas situaciones que por causas de conflicto no hay nada que comer y solo queda el ingenio humano para sobrevivir de la mejor y digna forma. Era una escena fantástica pero que bien podía ser el reflejo de una realidad que nada tiene de naïf ni dulce ni mucho menos fantástica.

 

Comer es una acción política y vivimos permanentemente en una revolución; la cosa es saber si realmente somos conscientes de ello.

 

El comer lo mismo por escasez es un tema pero ¿qué significa comer lo mismo por elección personal?. ¿Es difícil comer variado y bien? Somos realmente conocedores de lo que comemos y realmente libres en nuestras elecciones? ¿Las políticas de control que antes hemos mencionado son tantas y tan influyentes? ¿De qué manera ejerce presión o influencia entre nosotros las publicidad de ciertos productos? ¿Es siempre la economía la razón por la que se inicien modas gastronómicas o hay algo más detrás?.

Y de la guerra de la escasez, me gustaría pasar a la guerra del exceso. Una guerra casi tan cruel como la anterior pero dándole la vuelta a todo. Aprovechando el recién estreno de la película The Founder me gustaría sacar a tema esa guerra nutricional de la mano de las grandes cadenas de comida rápida liderada por McDonald’s. Si en la II GM se aniquiló a millones de personas usando el arma del hambre, durante el final del S. XX y principio del XXI vivimos el ‘virus del exceso’.

En 2003, dos adolescentes denunciaron a la cadena McDonalds por causarles obesidad, alegando que no hacían constar los peligros de consumir sus productos con asiduidad. USA es conocido por ser el país de la demanda, donde todo el mundo ejerce su derecho a demandar, pero ésta en concreto abrió un debate donde se ponía en duda si es puramente responsabilidad individual la que tenemos sobre el modo de alimentación o es también de la empresa. Esto es importante sobretodo cuando dicha empresa de comida rápida, hace uso de una comunicación dirigida esencialmente a los niños. Desde la imagen/mascota de la multinacional que es un payaso, pasando por los parques de juego situados en la entrada de muchos de sus restaurantes o el simple hecho de que el menú infantil cuente con un juguete coleccionable, es un llamamiento al público infantil y una manera de fidelizarlo. Comida con sabor intenso, divertida, rodeada de juego y diversión.

En mi opinión, lo peor de todo es que llevamos años sabiendo lo nocivo, peligroso y poco saludable de estos productos y aun así los seguimos consumiendo a gran escala, fidelizando nuevas generaciones y perpetuando este horror no solo nutricional sino también cultural. Perdemos la noción de comida como acto social, de intercambio y lo convertimos en una especie de ritual de engullir calorías donde creo que casi nada es positivo. Me atrevería a decir que hasta las conversaciones pierden su valía cuando se dan rodeadas de hamburguesas a 1 euro.

En una nueva sección del blog PLATESELECTOR ‘Pan y Circo’ veíamos un mini-experimento donde se invitaba al protagonista comer en Barcelona por 2 euros. El resultado: comida rápida y de dudoso valor nutricional. La comida rápida es barata; queremos comer carne barata sin importar lo que eso conlleva tanto para nuestra salud como para el planeta en sí, hemos normalizado el hecho de poder comprar un trozo de carne por una suma ridícula de dinero y no queremos volver atrás. Es esta la razón por la que quise empezar el artículo hablando de guerra.

Podría seguir hablando de nuevas percepciones de lo que puedo considerar guerra gastronómica, pero no acabaríamos nunca. La guerra de la industria cárnica lidera esa lista de horrores, pero también la guerra que supone el tener de repente tan fácil acceso a productos aparentemente ‘inofensivos’ como la quinoa o la soja que dan como resultado la deforestación y el malestar de muchas vidas al otro lado del mundo… quizás para ello necesitaríamos un nuevo artículo.

Comer es una acción política y vivimos permanentemente en una revolución; la cosa es saber si realmente somos conscientes de ello.

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