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Contemporary healthy magazine

Comienza el nuevo año escolar y con él toda una serie de actividades cotidianas que nuestro hijo o hija hará como mínimo una vez cada día dentro de ese edificio al que llamamos el Colegio.
Quizás estamos preocupados por ver cómo es la nueva profesora que les tocará, quizás tenemos nuestras dudas ante alguna directriz dentro del proyecto educativo o también nos puede inquietar si el espacio que ocuparán este año es más o menos adecuado. Pero muchas veces descuidamos un poco otro espacio que también tiene una gran importancia en la salud de nuestros niños: el comedor escolar.

Como dietista y cocinero que soy, entre otros proyectos, formo parte de una cooperativa de servicios socio culturales que interviene en varias escuelas en Cataluña, desde guarderías hasta comedores sociales.

Y es que, aunque no lo parezca, el comedor es (o debería ser) un espacio de continuidad en la escuela (o en la institución pública en que se encuentre) en donde los más pequeños y los no tan pequeños siguen formándose, aprendiendo valores y hábitos saludables dentro de un ambiente relajado a la hora de comer. Por tanto, aspectos como la formación de los monitores que trabajan en esa área, el bagaje del personal de cocina y el tipo de menú elegido, son para mí fundamentales para garantizar la salud de nuestros hijos; no sólo desde el punto de vista nutricional, sino para que se puedan gestionar con éxito el preocupante aumento de diferentes tipos de alergias e intolerancias que sufren los niños.

Pensemos que evidentemente no existe el comedor ideal, más bien se construye entre todas las partes implicadas y así muchas escuelas tienen el espacio que tienen y a veces sólo podemos contar con un catering cuando en otras ocasiones los niños disfrutan de cocinas in situ. Sea como sea, un menú escolar debería garantizar una cantidad suficiente, equilibrada, variada y agradable de comer y esto que a priori parece sencillo se puede complicar, ya que para conseguirlo hay que comprometerse con producto fresco, de temporada, proximidad y a poder ser ecológico, de otro modo no estaríamos siendo respetuosos ni con nuestros niños ni con el entorno.

Sin embargo, todas estas elecciones encarecen el precio del menú y muchas familias con más de un hijo se las ven y se las desean para pagar los recibos mensuales… y yo me pregunto ¿Dónde está el compromiso de los organismos oficiales? Porque está muy bien editar guías oficiales, ¡pero también tenemos que poner los medios para alcanzar esos objetivos!

Yo quiero un comedor donde se incentiven los productos vegetales de proximidad y temporada, cultivados por personas comprometidas con el entorno, pero tampoco quiero forzar a los niños, hay que aceptar la idiosincrasia de cada uno y no obligar a comer a cualquier costo; pensemos que muchas de las aversiones alimentarias  que tenemos de mayores pueden venir de esos momentos desagradables que pasamos delante de un plato de comida cuando éramos pequeños: “No te levantarás de la silla hasta que acabes” o “si no comes no te harás fuerte” ect,  son expresiones que o bien por desconocimiento o porque las corrientes educativas marcaban otra línea casi todos los que son de mi generación han sufrido.

Este año sin ir más lejos, la propia Generalitat ha editado unas guías de alimentación donde explícitamente dice que no se podrá obligar a los niños a comer. Y de hecho, ya hay comedores de escuelas como la de Congrés Indians (en el barrio de la Sagrera) donde incluso los más pequeños (P3) gozan de una cierta autonomía para poder decidir Qué comen o Qué cantidad.

Por último y con la promesa de ir profundizando en varias cuestiones dentro de este mundo, los comedores escolares están cobrando una relevancia cada vez mayor y en muchos casos forman parte del proyecto educativo del propio centro, fruto de un mejor entendimiento de que estos espacios para comer no están separados del resto de espacios de la escuela y por lo tanto ejercen (o deberían hacerlo) una función primordial en la educación y la salud de nuestros niños.

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