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Contemporary healthy magazine

Esta historia comienza en un lugar del llamado Planeta Tierra, cuando un agricultor con su conocimiento y sus manos se prende a preparar la tierra para sembrar semillas en ella. Por un lado planta tomates, a su alrededor unas lechugas, luego orégano, unas zanahorias, unos pepinos, unos pimientos y se decide al final por plantar también un poquito de albahaca.

Van transcurriendo los días y con la ayuda del aire, el sol, la tierra y el agua, estas semillas brotan y empiezan a enraizarse. Tras unas semanas, la tierra ha enverdecido. Es entonces cuando la albahaca puede empezar a contemplar todo aquello que sucede a su alrededor: el agricultor poniendo cañas a los tomates, los pájaros cantando cada día, las estrellas iluminando el cielo poco después de que el sol se haya ido a dormir… La albahaca disfruta mucho con los amaneceres y atardeceres. Siente el agua caer del cielo y le encanta crecer junto a todos los otros integrantes de aquel cachito de tierra. Transcurren un par meses más y la albahaca, ya crecida, ve como florecen las plantas de tomates y los pepinos. Un día, el agricultor cosecha unas lechugas y un poco de su amigo el orégano. Para entonces, la albahaca siente que ha vivido mucho ahí en el huerto y comienza a tener ganas de marcharse ella también y de ser utilizada. El agricultor viene de tanto en tanto, recoge algunos frutos del huerto, pero a ella nunca le toca. En cambio un día, el agricultor cosecha unos tomates, unas zanahorias, un poco de orégano y se decide por fin a cosechar algo de albahaca. Es así como parte de ella, se va del huerto contenta. La dividen en unos atados, la colocan en una cesta y la llevan a un mercado muy concurrido. Entre toda esa gente, aparece un hombre con aspecto de cocinero que compra zanahorias, tomates, orégano, algunas cosas más, y justo antes de pagar dice: ‘ponme un poco de esa linda albahaca también’. La albahaca está feliz, se va a la cocina de un cocinero. ¡Qué aventura, por fin ella va a ser utilizada!

Una vez en casa, el cocinero empieza a elaborar una pizza: prepara una masa deshidratada hecha con trigo sarraceno germinado, lino, zanahoria, aceite y orégano. Luego realiza una salsa de tomates frescos y secos. Después un queso de anacardos fermentados con rejuvelac (bebida probiótica a base de granos germinados). Unta la salsa sobre la masa, luego el queso arriba, esparce champiñón laminado y lleva la pizza a deshidratar un poco más. Y mientras tanto, ahí está la albahaca en la nevera siendo cómplice de todo lo que sucede pero con una emoción de tristeza porque el cocinero no la ha utilizado. ‘¿y yo? ¿por qué a mi no?’ piensa la albahaca. Un poco más tarde, el cocinero saca la pizza del deshidratador, esparce más orégano sobre ella, coloca unas aceitunas, unas hojitas de rúcula, trocitos de tomates secos, un chorrito de aceite de oliva y la lleva a la mesa ante sus comensales. De repente, vuelve corriendo a la nevera, coge unas hojitas de albahaca, las corta en tiritas bien finas y corona la pizza con la albahaca bien olorosa. Los comensales terminan deleitándose con su fragancia y su exquisito sabor.

La vida es como una receta. A veces hay que ser pacientes como la albahaca. Aunque no sepamos por qué y para qué estamos aquí, algún día vamos a ser utilizados. Tal vez seamos un ingrediente principal, acompañantes o la corona de la receta, da igual. Lo importante es saber que todos somos únicos y especiales y que todos, absolutamente todos somos importantes en esta receta de la vida. Seamos pacientes como la albahaca, todos vamos a ser utilizados.

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