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Contemporary healthy magazine

De los pocos escritos que han quedado de Hipócrates, en su Corpus Hipocrático (siglo IV a.C.) se desprende claramente que los principios básicos de la salud son la alimentación y el ejercicio. Es muy posible que Hipócrates haya aprendido esto de las observaciones de otros médicos más antiguos y que su pensamiento forme parte de una tradición que se remonta al origen de la civilización.

En el Corpus Hipocrático se argumenta que la gordura es moral y físicamente perjudicial, el resultado del lujo, el exceso y la corrupción, así es que la comida debe ser liviana y la vida equilibrada, evitando dar rienda suelta a las pasiones y los apetitos descontrolados. Esta es la primera recomendación dietética documentada que se conserva en los registros de occidente, la llamada ‘diatia’, cuyo significado en griego es vivir de una manera sensata, moderada y respetuosa de la vida en general, no sólo en nuestra alimentación sino en nuestra relación con el mundo que nos rodea.

Esta recomendación tan simple y certera ha sido totalmente olvidada durante largos períodos de la historia. Principalmente las clases ricas se han entregado al desenfreno padeciendo innumerables enfermedades, reduciendo así su esperanza de vida. Lamentablemente la palabra dieta hoy en día se asocia exclusivamente a una forma de comer para poder adelgazar, ya que uno de los azotes de nuestra época es la obesidad causada, sin lugar a dudas, por la industrialización de la agricultura y la producción alimenticia convertida en negocio de unas pocas corporaciones multinacionales.

Sin embargo sería interesante hacer una nueva lectura de la dieta y actualizar su concepto, arrebatarle ese sentido publicitario y mercantilista. Sería mejor volver a los orígenes hipocráticos, verla como una forma de vivir el día a día sintiéndonos bien, sin malestares, ejercitando nuestro cuerpo. La dieta de despertarnos cada mañana sanos y plenos de energía, con deseos de vivir. Lograr una vida cotidiana así es el paso a paso rumbo a la longevidad.

En el siglo XVI hubo un activista veneciano del cual podemos aprender a replantearnos la palabra dieta y asociarla a la longevidad y la vida sana. Se trata de Luigi Cornaro. Pertenecía a una de las principales familias de Venecia durante el apogeo de su poder político. En una época en que esta ciudad se destacaba por la suntuosidad, la decadencia y la vulgaridad del modo de vida de las clases ricas dominantes.

Durante su juventud, Luigi, que no hacía excepción a la regla, se distinguió por sus costumbres licenciosas y los excesos alimentarios. El consumo desorbitado de comidas y bebidas de todo tipo, en especial el alcohol, en los habituales banquetes y comidas cotidianas, deterioraron su condición física, cayendo víctima de un sinúmero de trastornos de salud, que convirtieron su existencia en una penosa carga. Entre sus 35 y 40 años pasó sus noches y días en un sufrimiento continuo.

Probó todos los tipos de remedios conocidos de la época, hasta que estando a punto de morir dió con un médico anciano, conocedor de las antiguas tradiciones hipocráticas olvidadas durante la Edad Media, que, yendo en contra de los prejuicios de la profesión médica y de las opiniones populares, tuvo el valor y el sentido común de prescribirle un cambio total de la dieta. Le dijo ‘Mira, Luigi, deja tu vida desenfrenada, deja de beber, deja la comida rica, come tan poco como sea posible, y no abuses de tu cuerpo. Entonces te pondrás mejor’.

Al principio Luigi aceptó este cambio de dieta impulsado por el miedo a la enfermedad y la muerte, pero con el transcurrir de los días encontró su régimen forzado casi intolerable, y, como él mismo cuenta en sus escritos, de vez en cuando recaía en su compulsión consumista por comer y beber lo que se le antojaba.

Estas recaídas lo arrastraban de vuelta a sus viejos sufrimientos y, para salvar su vida, se decidió por fin a practicar la abstinencia del ayuno y comer lo menos posible. De esta manera al final del primer año de su dieta restrictiva, se encontró totalmente liberado de todos sus múltiples malestares y enfermedades.

A sus 83 años, escribió y publicó su primera exhortación a un cambio radical de la dieta con el título de ‘Tratado de la vida sobria’, en la que narra de manera elocuente su propio caso, y exhorta a todos aquellos que valoran la salud y quieren liberarse de los sufrimientos físicos o mentales, a seguir su ejemplo. Su exordio, en el que aprovechó la ocasión para denunciar el despilfarro y la gula de las comidas que consumían los ricos, podría ser aplicado con poca o sin ninguna modificación de su lenguaje a las prácticas alimentarias del ser humano en la actualidad.

Influenciado por sus lecturas de Pitágoras, Porfirio y otros clásicos redescubiertos en su época renacentista (fue contemporáneo de da Vinci), Luigi nos enseña en su libro que si primero el ser humano es capaz de dominar la ansiedad por consumir alimentos y bebidas sin límite, luego le es más fácil evitar otros excesos que nos subyugan, como la melancolía, el odio y otras pasiones violentas. Nos dice que es posible aprender de nuestras debilidades para mejorar nuestra salud moral y corporal.

A comienzos del Renacimiento una ideología vegana era algo poco frecuente. Europa había sido arrasada por la peste. La falta de alimentos y la pérdida de las cosechas provocaron hambrunas y enfermedades. La carne era escasa, un lujo para los ricos que vivían en la opulencia y comían y bebían en exceso. En el siglo XVI Luigi Cornaro fue un autor poco frecuente. Seguramente, por desconocimiento científico, no comió los alimentos de calidad que hoy se recomendarían.

En esos días no se conocía la importancia de los alimentos frescos, era a finales de 1400, principios de 1500. La dieta de Luigi consistía en salir a caminar y cabalgar por las mañanas, consumía diariamente 350 gramos de alimentos que pesaba con exactitud. Comía una yema de huevo; una sopa de verduras con un poco de tomate y un ínfimo trozo de pan duro y seco que utilizaba para untarlo en la sopa; bebía 414 ml de zumo de uva fermentada. Esa fue su dieta. No comió nada más. No comió pollo, ni pescado. Y, con su por fin conseguida vida sobria y austera, consiguió vivir hasta los 102 años, habiendo escrito su Tratado a los 80 años.

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Seguramente si hubiese seguido su estilo de vida con una dieta basada en vegetales variados incorporando todos los nutrientes recomendados por la ciencia hoy en día hubiese vivido muchos más años, ya que el ser humano, según nos enseña la biología, está diseñado para vivir entre 120 y 140 años de manera autónoma y saludable.

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