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Se ha hablado mucho ya del genio de los pinceles: biografías, estudios y ensayos han diseccionado la vida, obra y pensamiento de este pintor. En la película Pollock, basada en el libro merecedor del Pulitzer –Pollock: An American Saga– Ed Harris define al artista como un genio, asilvestrado y alcoholizado. Su figura ha sido tan controvertida que estudios posteriores han analizado de forma póstuma la posibilidad de un transtorno bipolar en el autor, además de vislumbrar en su pintura rasgos intuitivos sobre la teoría del caos.

Pollock, como figura principal del movimiento americano del expresionismo abstracto, había confesado en más de una ocasión (verbalmente) su voluntad de romper con la pintura convencional y sus herramientas: pinceles, caballetes y lienzos. Pintando directamente a partir de pintura industrial líquida con cepillos, pinceles endurecidos, varas, y jeringas para aplicar la materia sobre el lienzo, en este caso, dispuesto en el suelo. El pintor definía estas pinturas como más que una simple herramienta de trabajo, un resultado natural salido de una necesidad. Proclamando luego que para nuevas necesidades, necesitamos nuevas técnicas.

En su preocupación por romper con las leyes del cuadro, se observa un ansia por cambiar de lenguaje, de permanecer cerca de la pintura de forma física y gestual. Como forma de lenguaje atávico, convirtiendo al pintor en un mero medio a través del cual expresar lo indecible, ese algo en el que el lenguaje convencional encuentra sus límites. Y en el hallazgo de estos límites, de esta finitud del lenguaje está la prueba definitiva de ese algo más allá capaz de captarse con otras técnicas y otro lenguaje. En ese camino estaba Pollock en su cabaña de East Hampton, Springs, Nueva York donde se mudaron con su esposa Lee Krasner en 1945.

Es curioso el hecho que Jack el salpicador, así definido por el Times en la década de los 50, a parte de servir a pulsos vitales más atávicos que racionales, o dejarse llevar por la necesidad del hada de la absenta, encuentra su orden y se refugia en la cocina, como si el salvaje hubiera sido domesticado por el fuego y las cazuelas. Fuera de juicios inmediatos lo cierto es que Jackson Pollock -más allá de su preocupación de estar fluyendo con la pintura y seguir rituales gestuales cercanos a los indios del Oeste americano- junto con su mujer se preocuparon por el arte de los fogones hasta el punto de tener la colección de cazuelas Le Creuset (¿Quién tiene cazuelas Le Creuset en plena posguerra, en el 1945?) y la vajilla Eva Zeisel.

Eso fue precisamente lo que se preguntó la fotógrafa Robyn Lea cuando visitó el museo East Hampton, antiguo hogar de Jackson Pollock y su mujer Lee Krasner. La curiosidad fue tan en aumento que acabó en este libro: Dinner with Jackson Pollock (Assouline), en el que encontramos recetas escritas a mano por el matrimonio.

Lea, que cocinó y fotografió muchos de los platos con los utensilios auténticos de la pareja, incluidas sus ollas Le Creuset, reconoce que la estampa que se desprende de su libro no cuadra a priori con la imagen de ‘salvaje que dispara pintura’ que se tiene del adalid del expresionismo abstracto. Pero lo cierto es que los Pollock cultivaban sus propias verduras -las berenjenas eran el orgullo del pintor- y gustaban de salir a buscar almejas a la costa y setas salvajes a los bosques cercanos. Lo que viene a ser ahora el concepto tan extendido y tan de moda from farm to the table, que implica una conciencia verde por el énfasis en el consumo de productos locales sin necesidad de transporte.

De hecho, no sabemos de tal conciencia, lo que sí sabemos es que en plena posguerra los tiempos no estaban para tirar cohetes, de esta forma el matrimonio sobrevivía con total dignidad. No obstante, no se trataba tan sólo de una cuestión tan prosaica, sino que en la casa de Springs, la comida era importante para el día a día pero también funcionaba como herramienta de seducción social. Desde su pequeño Jardín del Edén, Pollock y Lea solían invitar a personajes influyentes del mundo del arte como Peggy Guggengeim y Clement Greenberg entre otros, elaborando banquetes de estilo entre sofisticado y rural.

Cuenta Francesca Pollock, su sobrina, que Jackson todo lo elaboraba de la misma manera ‘aprovechando hasta la última sobra; guardando todos los restos para la próxima; usando un color o forma y luego otro. Nunca había nada para tirar’.

‘La pintura, como la cocina, para él era una forma de vida’

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