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Contemporary healthy magazine

La sangre, el fluido corporal que suministra a seres humanos y otros animales las sustancias necesarias para vivir, ha sido un elemento fundamental en la búsqueda de la eterna juventud y la cura de todas las enfermedades que ha llevado a la humanidad por los más insospechados caminos del delirio y la depravación.

El sangrado provocado a un paciente para curar o prevenir enfermedades es una técnica milenaria relacionada con la dietética. La sangría se basaba en un antiguo sistema de medicina en el que la sangre y otros fluidos corporales eran considerados humores que debían permanecer en equilibrio adecuado para mantener la salud.

El médico Erasístrato (c. 304-250 a.C.), por ejemplo, teorizó en la Antigua Grecia que muchas enfermedades eran causadas por excesos de plétora en la sangre y aconsejó que éstas fuesen tratadas, inicialmente, con ejercicio, sudoración, reducción de la ingesta de comida y vómitos. Plinio el Viejo (23-79 d.C.), uno de los grandes historiadores del Imperio Romano, describió la locura de los espectadores del Coliseo que, recién acabados los combates, se lanzaban a la arena para beber la sangre de los gladiadores caídos, en la suposición que ésta les daría juventud y fuerza. Siglos más tarde, el polifacético renacentista Marsilio Ficino (1433-1499) promovió de manera similar el consumo de sangre joven como medio para que los ancianos recuperaran su vigor juvenil. De hecho, no es tan lejana la práctica de hacer beber la sangre de los animales recién sacrificados en los mataderos a aquéllos que sufrían de anemia ferropénica, tibia y recién servida para que no perdiese sus propiedades.

La transfusión de sangre, algo tan aceptado en nuestros días, está imbuida de brutalidad y de leyenda. Según algunos rumores históricos, la primera transfusión (oral) se realizó al Papa Inocencio VIII en 1492 con el fin de rejuvenecerlo, aunque murió poco tiempo después fruto de la operación; y junto a él los tres niños de diez años a los que se les extrajo la sangre. Algunas informaciones afirman que le habrían inyectado sangre de niños judíos, pero otras, que se la habrían dado a beber. Muchos historiadores escépticos dudan de la veracidad de esta anécdota papal, cuyo objetivo habría sido desprestigiar a la iglesia católica.

Inicialmente, los filósofos naturales, como se llamaban los primeros científicos, sólo eran capaces de imaginar las posibilidades de la transfusión, pero no tenían el conocimiento ni la tecnología necesaria para intentar el procedimiento. El médico alemán Andreas Libavius (1550–1616) especuló a finales del siglo XVI que podía ser posible transferir la sangre de una persona sana a otra enferma ‘para traerle la fuente de la vida y alejar toda languidez’. Sin embargo, llegó a la firme conclusión de que sólo un charlatán sería lo bastante tonto como para intentar un experimento de esa magnitud.

El descubrimiento de la circulación sanguínea por William Harvey en 1628 cambió dramáticamente la manera de entender la naturaleza de la sangre. Su descubrimiento no abolió la noción de los humores, que continuaría hasta bien entrado el siglo XIX. La teoría de Harvey de la circulación (que fue inicialmente sólo eso, una teoría) pavimentó el camino de los filósofos naturales para comenzar a imaginar la posibilidad de transferir otros fluidos en las venas y arterias por primera vez.

En 1667, los miembros de la Royal Society Inglesa y de la Academia Francesa de Ciencias fueron sorprendidos por un joven médico francés llamado Jean-Baptiste Denys que realizó la primera transfusión de sangre con éxito, pero de un animal a humano. Para consternación de todos, Denys llevó a cabo la transfusión de sangre de un cordero a un muchacho enfermo. El niño sobrevivió. Al comprobar el supuesto éxito repitió el procedimiento con el mismo carnicero que le había proporcionado las ovejas para el primer experimento. Él también sobrevivió. Envalentonado, Denys secuestró a un enfermo mental de las calles de París y realizó en él una serie de transfusiones de sangre, hasta acabar matándolo. Denys fue acusado de asesinato, y la corte dictaminó que no se realizarían más transfusiones sin la aprobación expresa de la Facultad de Medicina de París. La experimentación había terminado y no volvería a resurgir hasta 150 años más tarde.

En la actualidad, la búsqueda de formas para extender la vida ha llevado a algunos experimentos curiosos que recuperan los delirios de la Antigüedad, incluyendo la idea de que la sangre joven podría ayudar a mejorar el proceso de envejecimiento y las enfermedades. La leyenda pop cuenta que a Keith Richards, guitarrista de los Rolling Stones, le habría realizado, en una clínica Suiza, una transfusión completa de sangre para acabar con su adicción a las drogas y así poder recuperarse más rápido para continuar con sus conciertos. Aunque algunos periodistas lo afirmaron en su momento, él lo negó cuando escribió su propia autobiografía. El inversionista de capitales de riesgo Peter Thiel, defensor del movimiento anti-aging, ha hecho público su interés en la posibilidad de transfusiones de sangre de jóvenes; y una compañía start-up en California, llamada Ambrosia, está llevando a cabo actualmente pruebas humanas de tales transfusiones. La idea viene de la investigación realizada por científicos de Berkeley y Stanford que relizaron los estudios de parabiosis –la unión de dos seres vivos– en ratones de laboratorio mediante intervención quirúrgica. Algunos de los hallazgos han sido prometedores. Pero los mismos investigadores sostienen que sus experimentos no están listos, y consideran que aún no hay pruebas sólidas de que las transfusiones de sangre de jóvenes funcionen para rejuvenecer a los ancianos.

Hoy, con los avances de la ciencia y la medicina, sabemos que una transfusión de sangre puede salvar la vida de muchos pacientes, sin embargo también sabemos que, si estamos sanos, la mejor manera de prevenir el envejecimiento prematuro y las enfermedades de la civilización —cáncer, diabetes, obesidad, hipercolesterol, etc.—, es dando a nuestro cuerpo una alimentación apropiada que aporte los nutrientes que nuestra sangre necesita. Pero para quien le guste fantasear, siempre habrá un buen Bloody Mary —aunque ésta es otra historia—, sin vodka, por supuesto, que no hay que dejar de cuidarse; y vegetal, por favor, que tampoco hay que llevar la imaginación a los extremos. Si te animas, aquí los ingredientes para el cocktail clásico en su versión sin: 6 partes de zumo de tomate + una pizca de sal y pimienta negra + 3 gotas de salsa Worcetershire + 3 gotas de salsa tabasco + 10 ml de zumo de limón o de lima + hielo al gusto + una ramita de apio para decorar el vaso a la hora de servir.

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