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Contemporary healthy magazine

Una pregunta que a menudo nos hacemos hoy en día es cómo eliminar el exceso de necesidades y deseos artificiales de nuestras vidas. La sociedad nos trata de vender que tener más debe ser la meta y es la respuesta a nuestras pesadumbres. Pero tener cada vez más ¿realmente mejora la calidad de nuestra existencia? Lamentablemente esta conducta compulsiva se manifiesta no sólo en consumir constantemente cosas en un delirio fetichista obsesivo, sino también comida, cuyo efecto secundario lo podemos comprobar hoy en día con el aumento exponencial de las terribles enfermedades que nos atormentan como la obesidad, la diabetes, el cáncer y muchas otras.

La vida de muchas personas gira en torno a la ingestión constante de comidas y brebajes industriales sin tener en cuenta sus valores nutritivos. El sistema digestivo contemporáneo está bajo el azote del exceso, cuando en realidad durante millones de años la naturaleza lo diseñó para la escasez ¿Hasta qué punto comer sin límite ni conciencia, por el solo placer de llevarnos comestibles a la boca, agrega valor a nuestras vidas?

El período de postguerra del siglo XX marcó el inicio de una nueva industria: la alimentación. Una de las necesidades más básicas se convirtió en un nicho de negocio. Sus perversas estrategias están enfocadas a la superabundancia y la ingestión constante de comestibles.

Si observamos con atención en nuestra sociedad occidental no somos educados ni para el autocontrol ni para la abnegación, sino que nos inculcan deliberadamente, desde la edad temprana, los hábitos del consumismo desaforado y de la admiración por la competencia y el lujo sin límites si se encuentra a nuestro alcance.

Así que cuando llegamos a ser adultos y si nuestro poder adquisitivo lo permite nos entregamos al libre goce de todos los deseos, sin ningún límite, comiendo, bebiendo sin restricción de ningún tipo y cuando el cuerpo pasa la factura del desenfreno lo atribuimos a “la tragedia de la vida”, “el valle de lágrimas”, “el paso inevitable de los años”, evitando así poner en duda nuestro comportamiento y nuestra autocomplacencia, justificando nuestros actos disolutos, recurriendo a frases prefabricadas que ocultan la ausencia de la virtud. Y entonces, para mayor fatalidad, caemos en las fauces de otra nueva industria de la postguerra: la farmacéutica.

El gran enemigo de la industria alimenticia, y por extensión de la farmacéutica, es un valor que para los sabios y filósofos de la antigüedad era una virtud: la sobriedad. Una hermosa palabra olvidada en el cajón de los recuerdos humanos. Cuántos siglos de estudio y pensamiento erudito estuvieron dedicados a aprender a vivir con mesura y moderación. Vivir con austeridad para evitar la codicia. Qué rápido lo olvidamos.

Conocer el budismo y la historia de Sidarta Gautama en particular es un ejemplo magnífico para aprender a autoeducarnos para consumir menos y apreciar lo sencillo y lo escaso para enriquecer nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, primero hay que aclarar una equivocación en la que se incurre a menudo en occidente, donde se confunde la imagen de Buddha Gautama con Budai. A través de la cultura china y la llegada de una avalancha de productos hechos en ese país se ha hecho muy popular la imagen de un monje budista obeso que representa a Budai, confundiéndola con la imagen de Buddha Gautama. Mientras Budai se representa popularmente como un monje gordo, sonriente, calvo, vestido con una túnica, la verdadera representación tradicional de Buddha es la de un hombre delgado, esbelto de mirada apacible y profunda.

Por otra parte las ideas que plantean la omnisciencia de Buddha, junto con una tendencia creciente a deificar su existencia sólo se encuentran más adelante, trescientos o cuatrocientos años después de su muerte, y no en los escritos primigenios donde se le nombra como un filósofo entre otros muchos de su época. En este sentido se parece a otros personajes religiosos cuyas figuras reales van diluyéndose durante el transcurso de la historia, tras las interpretaciones inventadas por la ignorancia, la sumisión o el interés que manipula las mentes de los humanos explotando sus temores espirituales, con el fin de sacar provecho económico, social o político.

Esto nos enseña que para entender muchas religiones, filosofías, culturas y vidas es mejor leer con atención sus orígenes históricos y no conformarnos con los resúmenes superficiales a las que nos han ido acostumbrando los medios de comunicación.

La sobriedad, la prudencia, la mesura, iluminan el camino de la belleza y la paz espiritual. Aprender a comer poco pero bien es un paso hacia el conocimiento de nosotros mismos.

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