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Hacer germinados es un método muy sencillo y cualquiera, a cualquier edad y en cualquier país, puede aplicar esta técnica, ya que sólo se necesitan semillas de buena calidad, un poco de agua y botes de cristal, bolsas de tela o germinadores.

La historia nos enseña que se utilizaron los germinados en numerosas civilizaciones, al inicio de su período de expansión. Encontramos la descripción de las técnicas de germinación en las escrituras de los Esenios, que vivían en Israel y Egipto en los tiempos de Cristo. En tiempo más próximos, el capitán Cook (1728-1779) pudo realizar sus largas travesías gracias a los germinados que protegían a su tripulación del escorbuto (carencia de vitamina C).

Durante el germinado, la cantidad de vitaminas y de enzimas aumenta considerablemente. Al mismo tiempo, los almidones se convierten en azúcares simples, las proteínas se convierten en aminoácidos y péptidos, y las grasas en ácidos grasos libres. Por lo tanto, el proceso del germinado predigiere los nutrientes de la semilla, haciéndola más fácil de asimilar y de metabolizar, y hace que sus antinutrientes se conviertan en súper nutrientes. Esto explica por qué los granos y las leguminosas, muchas de las cuales son alérgenos comunes, generalmente no causan alergias cuando se han germinado.

Los germinados son brotes llenos de vitalidad. Su excepcional cantidad de nutrientes los hace indispensables en una dieta sana, además de aportar su sabor a numerosos platos.

El proceso de germinar es fácil, aunque es muy habitual que cuando empezamos a germinar tengamos fracasos que nos desaniman a continuar. Germinar semillas es muy sencillo, pero si alguno de los factores requeridos falla… los brotes no prosperarán:

1. Semillas: una de las más causas frecuentes es que no estamos usando las semillas adecuadas. Necesitamos específicamente ‘semillas para germinar’, puesto que las semillas que utilizamos para comer habitualmente se han sometido a calor y han perdido parte de su capacidad de germinar, o toda. Éstas no prosperan y se pudren debido a la humedad y germinando quizás sólo algunas. Recomendamos el uso de semillas procedentes de agricultura ecológica y de buena calidad, libres de manipulaciones, de pesticidas y cualquier tipo de contaminantes.

2. Métodos de germinación: si no usamos el método adecuado las semillas no encuentran sus condiciones favorables:
Si germinamos semillas mucilaginosas, como rúcula, lino, albahaca, berro y mostaza, debemos utilizar un método que les permita estar extendidas, aireadas y húmedas, como ocurre con los platos de germinación. Las semillas están sobre una rejilla que les permite mantener la humedad (debajo de la rejilla hay agua) y no se amontonan, porque están bien extendidas. Es la forma ideal para germinar estas semillas.
Las demás semillas, las no mucilaginosas, germinan bien en todos los germinadores: tarros, platos, germinador eléctrico.

3. Los germinadores: los más desaconsejables son los que no permiten buen drenaje del agua, materiales o diseños que no permiten una buena limpieza, germinadores que no permiten la aireación adecuada de las semillas o germinadores eléctricos que reutilizan el agua ya usada. Busca germinadores de materiales limpios, fácilmente desmontables y si utilizan plásticos, que no contengan bisfenol A ni ftalatos.

4. Humedad: si tenemos un buen germinador y buenas semillas, pero si se secan se pueden pudrir. También se pudren por exceso de humedad, frecuente en germinadores que no drenan bien. Pero si usas métodos con buen drenaje, como los tarros o platos de germinación con rejilla y tus brotes se están pudriendo, lo más seguro es que te hayas descuidado y no hayas regado las semillas con la frecuencia requerida (dos veces al día).

5. Temperatura: para que las semillas germinen bien necesitan una temperatura templada. Si es fría las semillas no crecen o lo hacen muy despacio, si es muy cálida pueden proliferar hongos u otros microorganismos. La temperatura del interior de casa es muy adecuada para la germinación.

6. Limpieza: los germinadores deben estar bien limpios en todos los rincones, ya que la germinación, al ser un medio húmedo, tibio y con residuos orgánicos es propicio para la proliferación bacteriana. Si los germinadores y bandejas se limpian bien tras cada uso, seguro que no tendremos problema alguno. Por esta razón uno de los criterios al elegir un germinador es que se pueda desmontar bien. Por ejemplo, en los tarros de germinación, la tapa separa el aro de la rejilla, o en los germinadores de plato también se separan ambos completamente.

7. Luz: los germinados pueden crecer sin luz, pero en este caso crecerán blanquecinos, porque no han podido generar clorofila. Deben estar en un lugar luminoso, no con sol directo.

Finalmente, hay que tener cuidado con las semillas que no han germinado, con las envolturas de las que sí, y con el amontonamiento que reduce la ventilación. Esto puede provocar un olor desagradable a consecuencia de su descomposición. Llegados a este punto, lo mejor es desecharlos. Una vez obtenidos los germinados, podemos ponerlos a la luz indirecta para que los cotiledones adquieran un color verde, como consecuencia de la síntesis de la maravillosa y desintoxicante clorofila. Si los dejamos, en varios días obtendremos los brotes, con una alta riqueza en clorofila. Podemos conservar los germinados en la nevera durante 3-4 días en un recipiente de vidrio.

Ya en la cocina, evitaremos cocciones prolongadas para evitar la pérdida de sus cualidades, agregando los germinados instantes antes de ser servirlos. Una buena manera de cocinarlos es al vapor unos 5 minutos para ayudar en su digestión, sobre todo si hablamos de legumbres como por ejemplo, las lentejas.

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