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Como la del poeta, también mi infancia ‘son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero…’

Recordar estos versos es ver un limonero cargado de azahar, sentir su presencia y olerlo: por eso, en cuanto tuve noticia de la publicación de El país donde florece el limonero, de Helena Attlee, corrí a hacerme con uno. Se acerca a la historia de Italia desde los pequeños detalles porque quiere ofrecernos eso que llaman la intrahistoria, la verdadera historia, la vida cotidiana, la calle.

La autora recorre Italia de norte a sur, de este a oeste para sorprendernos con las variedades de cítricos más insospechadas: nos acerca a la fragancia de una naranja recién cortada, a la codiciada bergamota, a las posibilidades insospechadas que ofrece el limonero.

Todo es en el libro sensualidad, delicadeza y esa sensibilidad tan especial que nos hace sentir —ver y casi tocar— leyendo, pues también encontramos una prosa liviana, que nos conduce por las sendas del libro con la fresca elegancia del paseo matinal por un jardín romano —y estoy pensando en una escena de La gran belleza.

¿Conoces el país donde florecen los limoneros
y las áureas naranjas refulgen en lo umbrío?
Allí quiero ir contigo, amor mío.
Goethe

Helena Attlee nos lleva de un lugar a otro de Italia para darnos a conocer desde el origen de la sanguina hasta de la sidra, pasando por el chinotto y mientras contemplamos la naturaleza, vamos escuchando, casi oculta por el sonido del agua en la fuente, una voz que narra la historia de Italia, las diferencias entre cada región, cómo han sido representados los cítricos en el arte, las antiguas recetas secretas de libros de cocina olvidados por el tiempo…

Tengo la sensación de que nos hemos sentado en una glorieta y, a la sombra de unos limoneros, empapados por su aroma, vemos como en las sombras se dibujan las palabras de la autora. Y es que Helena Attlee es capaz de seguir creando belleza mientras nos ofrece las fuentes de un pasado que nunca se ha ido.

Algo queda patente en este libro: la paradójica imperfección de la belleza, esos limones con dedos y convertidos después en bizarria: ¿no transfigura la belleza la aparente deformidad, como en El patizambo de Ribera, pintor que conoció la luz de Italia? Pienso también en las hermosas polaroids de Cy Twombly y esos limones deformes, pues el artista americano vivió prácticamente toda su vida en Italia, algo patente en toda su obra. En el libro también están Botticelli y La primavera con un fondo cargado de cítricos, Bartolomeo Bimbi y sus impresionantes óleos…

Sentados en el jardín, rendidos por los aromas que nos asaltan, quizás podamos sentir el fondo de lo real, ver más allá de las apariencias para descubrir con asombro cómo se transfigura la realidad que cotidianamente tenemos ante nuestros ojos. Una vez más vuelvo a la infancia, el olor de 4711 lo inunda todo: ‘el aroma de una mañana de primavera en Italia, narcisos de montaña y de la flor del azahar después de la lluvia’.

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