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Contemporary healthy magazine

Hace unos años me encontré observando una escena de lo más cotidiana pero que en aquel momento, me pareció totalmente reveladora. Vivía aún en Berlín, era un día soleado y había una familia comiendo en un parque (hacer picnics es una actividad muy común por aquellos lares del norte). Vi una jerarquía marcada alrededor de la comida, donde los niños eran los primeros en comer y si no los primeros, los que se llevaban la mejor parte; el trozo de pastel más grande o el que tiene la figurita de chocolate… – ya me entendéis. Los padres iban comiendo lo que el niño no quería o lo que les sobraba.

Entonces, si la situación era ya digna de una película dominguera de Disney, apareció una persona que vivía en la calle y les pidió, muy amablemente, si le daban un trozo de sándwich. La madre le invitó a sentarse con ellos a lo que él respondió que prefería seguir caminando. Ante la negativa, la madre, sin inmutarse ni cambiar la expresión de la cara, le preparó un pequeño tupper con un poco de todo intentando hacer las porciones grandes (estaba lo suficientemente cerca para fijarme en eso y lo suficientemente interesada como para no avergonzarme de observar detenidamente). El hombre se fue con su tupper dando las gracias. La familia siguió comiendo como si nada. Fue como un invitado ‘to go’; alguien que mereció tomarse una parte proporcional de su comida sin crear una situación extraña.

Esto es algo que siempre me ha gustado de los berlineses: su naturalidad. Quizás no sean súper comunicativos pero son rápidos y en general, poco prejuiciosos. (Llamadme Miss cliché).

En esta pequeña historia encuentro varias y grandes historias sobre las cuales podríamos discutir. Me interesa especialmente una que sería ‘la dignidad a través de la comida’ y mi pregunta al respecto sería la siguiente: ¿Puede la comida ayudar a construir o por el contrario destruir la dignidad de una persona? – Sin ningún tipo de duda, mi respuesta sería SÍ.

Actualmente me encuentro desarrollando un proyecto sobre la comida durante conflictos, dentro del programa Bar Tool de Barproject Barcelona y con la colaboración de la Fundación Tàpies. Durante mi investigación, me topé con una serie de artículos que hablaban de comedores sociales en campos de refugiados y me hizo replantear todo mi proyecto.

Los campos de refugiados: esa zanja del mundo sin aparente salida que congrega a miles de personas que lo han perdido todo. Un cercado donde la libertad no existe y cada ser humano que vive allí se convierte en un ser totalmente dependiente. Pretende ser un sitio a salvo donde ‘proteger’ a gente que huye de la guerra pero acaba convirtiéndose en una cárcel política donde los que allí viven quedan en ocasiones hasta olvidados. La falta de independencia despoja a la gente de su propia identidad y su vida se convierte en una eterna espera a que alguien decida qué deben hacer. Nada está en sus manos, nada en absoluto, ni si quiera algo tan simple como lo que van a comer ese mismo día.

¿Qué representan entonces las comidas en estos campos de refugiados? En el artículo ‘Campos de refugiados, las precarias comidas de quienes lo han perdido todo’ publicado por la Vanguardia el 13/12/2016, Pep Joan Nogueral, un poeta mallorquín que estuvo de voluntario en uno de los campos en Grecia decía: Salvo aguantar, son pocas las actividades que a los refugiados les aguarda el día. La comida les da una rutina que les ocupa un poco más el tiempo. Es una especie de reloj, un reloj que regula la espera que hay entre el hastío y el cambio que está siempre por llegar.

La comida es normalmente un ‘break’ del día y digo normalmente porque no lo es siempre, ni en el mundo capitalista ni para justamente esta gente que se encuentra huyendo de la guerra. Para mí, la relación humana que se establece a la hora de comer es muy particular, pero en tales circunstancia se convierte en algo crucial.

Los caterings suelen ser la solución con la que cuentan la mayoría de campos de refugiados para alimentar a la gente que allí vive. Éstos suelen cobrar según la cantidad de menús que se han servido. Eso es un dato importante y a tener en cuenta en la reflexión que pretendo plantear. La comida que preparan suele ser comida precocinada hecha en cantidades industriales y de dudoso valor nutricional por no hablar del gusto. Se suelen presentar en envases de plástico para su mejor conservación y raramente consta de producto fresco. Hubo hace poco un escándalo mediático al salir una serie de noticias donde se hablaba de un grupo de refugiados en un campo italiano que se negó a comer la comida que se les proporcionaba. Contactaron con un grupo de activistas para hacer público su descontento y aparecieron en varios diarios internacionales. Es fácil entender que ese gesto desencadenó la furia de mucha gente que, sin intentar comprender más allá de la situación, entendió el acto como un gesto descortés e indignante para la comunidad europea. Pero mi pregunta empieza aquí: ¿Es inmoral el derecho a decir NO o el derecho a exigir cuando no te queda nada?

Julio García es una de esas personas que te hacen replantear tus valores en la vida; perdió su empleo durante la crisis española y decidió dejarlo todo e irse a Lesbos a cocinar para la gente que huía de la guerra.

El simple hecho de hacer algo para alguien crea un cambio drástico en la situación. Que alguien cocine para ti y pensando en ti, hace real un vínculo y una intencionalidad más allá del mero hecho de la nutrición y del cubrir una necesidad básica. Según el artículo que leí sobre Julio, su cocina de campaña se abastecía de los productos de los supermercados que seguían en buen estado pero no podían venderse, además de otras donaciones: para él lo importante era contar con producto fresco para hacer una buena comida y no un plato para simplemente quitar el hambre como suele ser el tipo de comida que se reparte en caterings.

Julio está en contra de ‘los menús de cárcel’ y su función es crear una alternativa más cercana, más humana. Una acción tan sencilla como esa genera un acto de dignidad, de empatía y de confianza. Cocinar ha sido desde siempre un acto social y cocinar para alguien es, en muchas culturas por no decir en la mayoría, un gesto de bienvenida y de amistad. Parece una tontería pero algo cambiaría Julio que cada día que pasaba, se encontraba con más comensales en su comedor y eso generó un malestar en las empresas de catering que veían cómo cada día perdían clientes. La cocina de Julio acabó siendo denunciada y cerrada por sanidad. Una cocina de campaña difícilmente supera los exámenes de sanidad y eso lo sabe cualquiera. Lo extraño, comentaba el cocinero, es que en una situación normal, sanidad tarda meses en hacer una inspección de un local después de una denuncia pero en el caso de los campos de refugiados, fue cuestión de días. A pesar del cierre, Julio no se rinde y en la actualidad se encuentra ahorrando para preparar un foodtruck con las condiciones necesarias para pasar cualquier inspección y ser capaz de seguir cocinando y llevando alegría a quien lo ha tenido que dejar todo atrás.

Otro ejemplo de cómo abordar humanamente la difícil tarea de alimentar a grupos concretos de gente que huyen de la guerra, es el caso de Carolynn Rockafellow ex empleada del Banco Credit Suisse que donó lo necesario para poder fundar el Café Rits, Quería encontrar una forma de animar a los refugiados, de devolverles su cultura a través de la comida. Al leer esta frase, se me encogió el estómago; y me reafirmó una vez más que la comida y más concretamente alimentar, no es solamente nutrición y salud si no que es un acto social. Intentar devolverles la cultura mediante la comida es para mi, la más bella forma de bienvenida. El chef sirio Talal Rankusi es uno de los voluntarios que cocina en el Rits haciendo recetas típicas de oriente medio, dando así a este grupo de personas algo que les resulte familiar en tales circunstancias.

El desproveer de la libertad de elección, de tu cultura, tus costumbres y del sabor de tu casa en un momento en que lo has perdido todo y sólo te quedan recuerdos, puede ser devastador. Que alguien intente en medio de ese caos devolverte un trocito de todo aquello que has dejado atrás, de una manera tan simbólica como es cocinando, quizás no cambie el sistema pero estoy segura de que aviva el sentimiento de humanidad, de dignidad y de confianza.

Las fotos corresponden al proyecto – It’s like that and that’s the way it is – presentado dentro del simposio internacional de BarProject, ‘Making Public Program’ el 20/03/17 en la Fundación Tàpies, fruto de la investigación alrededor de la comida en los campos de refugiados.

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