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La inmortalidad y la eterna juventud son temas recurrentes en los mitos antiguos, aunque a veces van acompañados de situaciones contradictorias y caprichosas. Es lo que narra Homero en su himno a Afrodita: cuando Eos le pidió a Zeus que hiciera inmortal a su amante Tithonus, se olvidó de pedirle que le concediera la eterna juventud; así que Tithonus vivió para siempre, aunque postrado a causa de su envejecimiento físico. Otro mito milenario es el de la Liebre de la Luna (cuya silueta se adivina en la cara de la luna llena) en las culturas asiáticas, que cuentan que esa ‘sombra’ no es más, ni menos, que una liebre mítica que muele los ingredientes de la inmortalidad para preparar el mágico brebaje que beben los dioses. Aunque la historia de la Liebre, o Conejo, de la Luna, no existe sólo en pueblos asiáticos sino que también en la mitología azteca.

En Occidente, no fue hasta la Edad Media que los alquimistas se propusieron preparar el elixir de la vida, también conocido como el elixir de la inmortalidad. El resultado debía ser una poción que concedía al bebedor la vida eterna sin envejecer y le curaba de todas las enfermedades. La Alquimia fue una ciencia química medieval y, al mismo tiempo, una filosofía especulativa que intentó conseguir la transmutación de los metales básicos en oro, el descubrimiento de una cura universal para todas las enfermedades y el descubrimiento de un medio de prolongar indefinidamente la vida. No era una mala meta ¿verdad?, ¿Quién no quiere ser rico, estar sano y no morir?

La palabra elixir, que solemos utilizar como sinónimo de una bebida a la que se le atribuyen poderes mágicos o medicinales, tiene un origen poco conocido. En Europa no fue utilizada hasta después del siglo VII DC y deriva del nombre árabe para designar sustancias milagrosas: al iksir. Aunque su propósito haya siempre sido el mismo, el elixir de la vida ha recibido cientos de otros nombres en diferentes culturas, entre muchos otros, Amrita (el Zumo de la Inmortalidad, en India), Aab-i-Hayat (el Agua de la Vida, en Persia), Maha Ras (el Gran Zumo, en India), Soma Ras (el Zumo de Soma; Soma fue una droga psicoactiva, a través de la cual los poetas de los Vedas recibieron sus visiones), Chashma-i-Kausar (la Fuente de la Abundancia, que según las creencias musulmanas se encuentra en el Paraíso), Mansarovar o la Piscina del Néctar un lago considerado sagrado por tibetanos, budistas, hindus y jainistas que se encuentra al pie del monte Kailash en el Tíbet, cerca del nacimiento del río Ganges… Sea como sea, preparados a conciencia o de piscinas o lagos sagrados, parece que la clave de la etenra juventud se pueda encontrar en estas bebidas líquidas de mágicas propiedades. Hoy día, también tenemos nuestros contemporáneos paralelismos que, si bien se basan en los descubrimientos de la ciencia, no dejan de ocupar el lugar que ocupaban antes estas aguas y zumos de los dioses en nuestro imaginario. Quizás por eso sean tan exitosas las tendencias que proponen beber tal cantidad de un zumo o una infusión al día, por mucho que muchas veces no sean realmente agradables al paladar.

La composición literaria más prominente y más antigua sobre la alquimia y su búsqueda de la inmortalidad proviene de China, durante la dinastía Han, y narra la creación de un elixir de la inmortalidad. El protagonista de la narración es una figura histórica real, un filósofo taoísta llamado Wei Po Yang al que se le considera el padre de la Alquimia. Según la leyenda, Wei Po Yang pasó muchos años estudiando el desequilibrio de la fisiología humana en comparación al equilibrio que existe en el metal eterno, el oro. Una creencia generalizada de la época era que el enigma de la inmortalidad podría ser resuelto con la fabricación de una medicina herbaria que restauraría el equilibrio a la condición humana desequilibrada. Ansioso por probar su propia receta, Wei Po Yang reunió a tres de sus discípulos más cercanos y se fue con ellos a las montañas. Los cuatro se dedicaron a buscar y recolectar las hierbas seleccionadas para la mezcla. Las molieron hasta convertirlas en un polvo fino y las comprimieron en pequeñas tabletas que Yang llamó ‘las píldoras de la inmortalidad’. A continuación, Yang probó su eficacia en uno de sus compañeros de viaje: un perro blanco. En cuestión de segundos, los resultados confirmaron que la píldora de Yang no era un elixir, sino un poderoso veneno. Afligido por su propia incompetencia, Yang se tragó una de las píldoras y siguió el camino del perro. También lo hizo su discípulo más cercano y fiel, que consideró deshonroso no someterse al mismo destino que su propio maestro.

Los dos discípulos restantes no compartieron la misma idea, ni fueron tan decididos como su compañero, por lo que regresaron a sus hogares y no hicieron mención alguna del incidente. Pero cuál no sería su asombro y decepción cuando meses más tarde recibieron una carta contando que las tres víctimas habían revivido milagrosamente y que ahora se encontraban entre los inmortales. Esta historia, una clara alusión al ‘Elixir de la Vida’, se ha registrado en China siglos antes de que aparecieran ideas análogas en los ‘Ciento doce Libros’ del Corpus Jabirianum, una obra atribuida al alquimista árabe Jabir ibn Hayyan. Por otra parte, las historias basadas en transmutaciones exitosas llevadas a cabo por figuras legendarias no surgieron en occidente hasta aproximadamente el siglo XVI.

En la antigua China, varios emperadores buscaron el legendario elixir con distintos resultados. En la dinastía Qin, Qin Shi Huang envió al alquimista taoísta Xu Fu con 500 hombres jóvenes y 500 mujeres jóvenes a los mares orientales para encontrar el elixir, pero nunca volvió —la leyenda cuenta que encontró Japón—.

A fines del siglo III AC los alquimistas chinos creían que la ingesta de sustancias preciosas duraderas como el jade, el cinabrio o la hematita confería parte de esa longevidad a la persona que la consumía. El oro se consideraba particularmente potente, ya que era un metal precioso que no se deterioraba. El libro alquímico chino más famoso, el Yaojue Danjing (Fórmulas esenciales de clásicos alquímicos) atribuido a Sun Simiao (c. 581 – c. 682 DC), un famoso médico especialista respetuosamente llamado ‘rey de la medicina’ por sus valiosas aportaciones a la Medicina Tradicional China, aborda en detalle la creación de elixires para la inmortalidad (el mercurio, el azufre y las sales de mercurio y arsénico son prominentes, y la mayoría son irónicamente venenosos), así como para curar ciertas enfermedades y la fabricación de piedras preciosas.

Muchas de estas sustancias, lejos de contribuir a la longevidad, eran activamente tóxicas y resultaron en el envenenamiento del que lo consumía. El emperador Jiajing en la dinastía Ming murió de la ingestión de una dosis letal de mercurio del supuesto ‘elixir de la vida’. También el famoso alquimista Li Shao Chun aconsejó al emperador Wu-ti de la dinastía Han (156 AC-87 DC) comer en vajilla de oro obtenido de sulfuro de mercurio.

Actualmente los avances científicos nos pueden ayudar a distinguir las patrañas de lo que es provechoso para nuestro organismo. Aunque muchas bebidas industriales se venden con consignas publicitarias que apelan a esta tradición milenaria de manera subliminal, como la ‘alegría de la vida’ por ejemplo, tenemos al alcance de nuestras manos el conocimiento para preparar nuestros ‘elixires’ vegetales contemporáneos que diariamente nos pueden servir para gozar de una vida larga y saludable.

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