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El desayuno, marca el paso de la noche al día. Existen muchos tipos de desayuno, pero por lo general no lo consideramos más que una serie concatenada de actos, muchas veces torpes, precipitados que, generalmente, nos conducen al trabajo, mientras se engulle y se hace engullir a la prole los alimentos elegidos, aquí según tribu y grupo social.

No obstante, fuera de rutinas y lecturas planas, sin lugar a dudas el desayuno constata el paso de la noche al día. Representa el tránsito del mundo de Orus, onírico, íntimo, privado, al mundo racional. El desayuno nos lleva del mundo de piel adentro al de piel hacia fuera. Marca el tránsito no sólo del mundo inconsciente del sueño -que tanto reivindicaba el surrealismo- a la vida real, donde las unidades de medida del tiempo y el espacio enmarcan el paisaje donde moverse.

El desayuno también resulta ser el regenerador de energía de una noche movida, gamberra, sexual, a la normalidad del día, escenario en el que aguantar nuestro papel. Un buen desayuno tiene el poder de borrar todos los excesos y recordar los placeres de la noche alejándonos de ella suavemente mientras nos recuperamos.

Meret Oppenheim, joven berlinesa recién llegada al París de los años treinta con la intención de convertirse en artista, supo captar esta dualidad entre eros y tánatos en su obra Déjeuner en fourrure, 1936 (Juego de Desayuno de piel). Esa obra de Meret Oppenheim, representa la verdadera vinculación de la artista con el movimiento surrealista.

Quizás ésta sea una de las obras más inquietantes no sólo de la artista, Meret Oppenheim, sino también del surrealismo. El título es de André Bretón y parodia el famoso cuadro de Manet, Desayuno en la hierba (1863).

El éxito que esta obra alcanzó entre los surrealistas se debió a que, probablemente, entre otras cosas, Oppenheim consiguió traducir en arte las concepciones teóricas de los surrealistas. En su ensayo Crise de l’objet (Crisis del objeto), André Bretón resumió el subversivo cambio de funcionalidad de los objetos de uso y su transformación en enigmas, que él proponía, hablando de «acosar el animal rabioso del uso».

Es decir, hablaba de acosar al mundo del día, en que las convenciones dotan de significados (consensuados mediante la rutina) a los objetos y a los actos, reivindicando ese espacio entre lo onírico y lo real, apropiándose de los objetos cotidianos para dotarlos de significaciones más cercanas al tánatos.

La taza de café, tradicionalmente asociada a la casa burguesa, o incluso a los ambientes bohemios de entonces, se ve disociada de su función por su recubrimiento con pieles ¿quién se pondría en la boca un nido de pelos? Meret consigue el extrañamiento de los objetos y su distanciamiento de la realidad provocando el efecto absurdo y de sorpresa tan buscado por los surrealistas.

El pelo, tiene connotaciones de culpabilidad burguesa, se relaciona con el sexo, lo salvaje y elimina completamente la funcionalidad del objeto, además de eliminar su ritualidad social y lo que ello comporta.

Si el cuadro de Manet refleja el despreocupado espíritu de la burguesía de la época, que en su hedonismo combinan comida y sensualidad de forma relajada y natural en el bosque. En el cuadro de la surrealista, inquieta el juego de contrastes, un reflejo combinado de eros y tánatos digno de análisis directo del propio Freud.

Meret misma cuenta que la idea se originó una tarde mientras estaba en un café parisino con Picasso y Dora Maar, y el pintor español se fijó en una pulsera de piel que llevaba Oppenheim hecha por ella misma. De esa conversación, en la que llegaron al acuerdo de que todo se podía forrar con piel, y de la asociación que hizo inconscientemente al pedir al camarero un café con piel, nacería ese objeto tan representativo de la práctica surrealista.

Más tarde fue Picasso quien produjo una serie de obras (hizo más de 27 pinturas, 6 grabados sobre linóleo y 140 dibujos), en las que ataca y revisiona la obra de Manet, Le déjeuner sur l’herbe. Como si desde el café de los bohemios -café de tarde-, las Vanguardias se conjurasen de forma colectiva hacia las convenciones más inmediatas.

Esta convención, la del desayuno, la primera del día, será también la primera a la que atacar, cambiando no solo la estética sino el significado. Porque…

La belleza será convulsiva o no será.

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