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Food to meet you.
Contemporary healthy magazine

Instafood, foodblogger, foodporn… todos estamos muy acostumbrados a escuchar estos términos, y si hay algo que tengan en común, es el interés por la imagen de la comida. Cada vez es más habitual encontrar fotografías culinarias en todas las redes sociales (collages, montajes, trampantojos, simulacros…), porque se han convertido en una forma de expresar cómo vivimos, cómo valoramos nuestras vidas y una forma de relacionar nuestros sueños y deseos. Puede decirse incluso que es una invasión, pues las fotografías de comidas aparecen por todos lados, tanto en la Red como fuera de ella. Esta presencia masiva no va, sin embargo, acompañada siempre de calidad. Parece bueno echar un vistazo a la historia, esa maestra de la vida, para ver de dónde viene la fotografía culinaria y adónde nos puede llevar.

Todo empezó a mitad del siglo XIX con William Henry Fox Talbot, uno de los primeros fotógrafos en capturar imágenes de comida. Su trabajo de de esa etapa son naturalezas muertas con frutas y verduras pero también con animales emplumados y algunos cacharros de cocina. Sin embargo, la imagen de la comida no es una novedad, pues siempre ha estado presente en las representación artísticas: desde la prehistoria hasta nuestros días, desde las cuevas del neolítico a las descarnadas pinturas de Bacon. De hecho, los bodegones han sido un tema usual entre los pintores europeos. Es otra forma de ver la naturaleza a la que se da un nombre triste: naturalezas muertas.

A principios del siglo XX la fotografía culinaria se hace más artística, es decir, se busca la belleza. Podemos citar el ejemplo de Florence Henri, una fotógrafa que formó parte de la Bauhaus: trabajaba con las formas, los volúmenes, la comida y espejos para jugar con las imágenes. Otra de sus herramientas es el collage, que después fotografía para usar en otras imágenes. Algo después Edward Weston sorprendió con el ritmo de sus fotografías, pues con las luces y sombras conseguía obtener imágenes prácticamente abstractas de algunos alimentos. Quizás podemos hablar aquí de una estética de la imagen culinaria: no se trata de representar sin más los alimentos, sino, al amparo de las corrientes artísticas del siglo XX, descubrir la luz que hay dentro de ellos, su ‘alma’.

Sin embargo, ése no es el único ámbito en el que acontece la fotografía de alimentos. Ésta incorporará las mismas funciones que la fotografía en general y, así, podemos hablar de la fotografía documental de comida y de lo que acontece en torno a ella, pues comer ha sido siempre un fenómeno social. Encontramos algunas imágenes de Weegee, una especie de ‘paparazzi'(con permiso de la policía para llevar una radio portátil en su coche), pues recorría Nueva York de arriba a abajo para obtener las mejores instantáneas: desde escenas de crímenes hasta fiestas de la alta sociedad en las que la comida estaba muy presente.

Es en la década de los cuarenta cuando la fotografía hace su aparición en la publicidad y las marcas de alimentación comienzan a regalar pequeñas libritos con recetas de cocina: vemos imágenes un tanto kitsch, colores muy saturados, contraste muy elevado… Esa importancia del color se hace presente en esta época, pues la comida se ha vuelto abundante y festiva después de las penurias de la gran depresión y de la Segunda Guerra: también la comida puede convertirse en propaganda del consumo. El capitalismo, aún no triunfante en los hechos, es ya triunfante en los medios de comunicación. El american way of life se hace presente también en la fotografía de comida. Podemos observar entonces mesas llenas de platos a rebosar, exóticos, coloridos… Nicolas Murray puede ser un buen exponente de este tipo de fotografía.

En los años sesenta parece que se acaba esa edad de la inocencia típica de la posguerra: todo el mundo quería todo, y lo quería ahora. La fotografía de comida cambiará y se hará más reflexiva situándose en el contexto de una sociedad en crisis, que a veces mira al pasado con nostalgia desconfiando del futuro y en ocasiones quiere liberarse de los lastres históricos. Encontramos así a algunos fotógrafos que se dedican a fotografiar series de comida: Ed Ruscha, con sus productos en naturaleza muerta, y Stephen Shore, con sus desayunos diarios durante un viaje por carretera en la América de los años 70.

En la sociedades capitalistas la moda lo invade todo y, cómo no, entra en relación con la alimentación. Se utiliza la comida para hacer editoriales de moda, una auténtica revolución. El famosísimo Helmut Newton, con su estilo provocador, captó algunas imágenes célebres para una editorial de la revista Vogue. Quizás el rostro de Jerry Hall con una pieza de carne cruda en su ojo derecho hizo cambiar la concepción de la fotografía de moda. En este sentido, destaca la figura de Guy Bourdin, que, como Newton, utiliza la comida en la moda para dar un aire real e inesperado. Unas imágenes impactantes que anticipaban por donde irían los tiros en la fotografía posterior. Por supuesto, no podemos olvidar los bodegones de Irving Penn para Vogue, unas imágenes claras, sencillas, que marcan un punto de diferencia con las anteriores, al igual que sus fotografías de ‘esculturas de comida’, bloques congelados, llenos de color y de forma.

¿No tenemos todos en la cabeza la imagen de una joven japonesa succionando un trozo de la sandía que yace delante de ella como un corazón abierto en canal? Me refiero a la fotografía de Araki. Quizás sea más conocido El banquete, un trabajo en el que se dedica a fotografiar las comidas que tomaban él y su mujer, diagnosticada en ese momento de una enfermedad mortal. Aunque en todas sus imágenes el sexo es una parte importante, aquí reflexiona sobre la fragilidad, la vida y la muerte, pero la comida es importante porque forma parte de las experiencias básicas de nuestra existencia. La fotografía de comida aparece cada vez en contextos más amplios.

Son experiencias que se dan en lo cotidiano: comemos todos los días y la representación de esto tal y como es tiene un maestro: Wolfgang Tillmans. Su trabajo tiene mucho que ver con la calma, con la vida real. Sus escenas están llenas de naturalidad presentándonos la vida tal cual, pero con un toque de poesía que pone de manifiesto su sensibilidad. Algo parecido hace Rinko Kawauchi, una excelente fotógrafa japonesa que presta especial atención a los detalles, a la fragilidad de todo lo que nos rodea.

Termino con una de mis fotógrafas preferidas: Laura Letinsky, que ha trabajado desde los años 90 en la creación de unas meticulosas naturalezas muertas, siempre influenciadas por artistas como Cézanne o Morandi. En su trabajo se centra en los restos de una comida, los alimentos están siempre en un lugar fuera del marco, creando una inquietud que impide apartar los ojos de la imagen. Letinsky no sólo se ha centrado en este tipo de trabajo, sino que ha adelantado en buena medida el camino que ha tomado la fotografía contemporánea: se cuestiona a sí misma y a la influencia que tiene en nuestro mundo; es decir, la fotografía se hace consciente de sí misma y del poder que tienen las imágenes, aunque estemos saturados de ellas. Se podría hablar incluso de una metafotografía: la imagen reflexiona sobre la imagen. Para esto Letinsky recorta imágenes de revistas de arte, de estilo de vida… que incorpora a sus fotografías de manera que las leemos como una reflexión del plano y el espacio, de la función de la fotografía.

Curiosamente, hemos vuelto al principio, a los recortes, el collage, la foto del collage… En este breve viaje quizás hemos sacado algo en claro: la fotografía de comida no ha sido independiente ni de la sociedad que la produce ni de los movimientos estéticos. El camino quizás ha ido de la publicidad a la belleza capaz de suscitar el deseo; pero a la vez, muchos fotógrafos buscan hacernos reflexionar sobre el papel que juega la comida en nuestras vidas haciéndonos tomar conciencia de los gestos cotidianos a los que con excesiva frecuencia no les damos importancia, pero son los que acaban configurando nuestra existencia.

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